Despedida sin despedida

Pájaro bobo decide cerrar su industria con dos textos: El muro de papel y Desde el búnker de pladur. De ellos puede decirse que, en cuanto terminus a quo y terminus ad quem respectivamente, delimitan el espacio en el que ha vivido, ha pensado y se ha movido el propietario/gerente de la industria y morador/recluso del búnker durante algo así como dos años i la torna.

Un pequeño universo construido con la imaginación y utópicamente racional. Contemplado en la distancia, naturalmente a vista de pájaro, y ya enajenado para siempre, permite a su ingeniero y arquitecto decir y escribir: los límites de mi mundo son los límites de mi imaginario, los límites de mi imaginario son los límites de mi mundo.

Y de la misma manera que un día Pájaro bobo se insurpó la idea/visión/construcción del atormentado ingeniero, maestro de escuela y recluta austríaco Ludwig Wittgenstein para darle la vuelta y traducirla a su lógica y a su lengua, ahora, con esta despedida sin despedida, se apropia también una idea de Friedrich Nietzsche, viejo conmilitón suyo, según el cual la historia con sus comparsas existe en función de los genios en cuanto que está a su servicio.

Como parece evidente que en ese caso el pobre Nietzsche, helenista metido a teólogo y filósofo, no pensaba en los genios de la historia sino en sí mismo, Pájaro bobo puede hacer otro tanto ahora y pensar y decir que la historia existe por él y para él, que en definitiva es lo que piensa y dice, o desearía decir, todo bicho viviente, pensante y hablante.

Pregunta ingenua e intempestiva: ¿acaso no es todo ser humano creador de un universo propio con sus genios y sus comparsas?

El muro de papel

Ingo delante del muro

Ingo delante del muro

Una llamada telefónica, y ahí llega Ingo Weber que acaba de bajar del cielo. El avión viene de Alemania, vía Londres. Pájaro bobo, en funciones de operador logístico, le explica el trance. Y la jugada, que es como él llama a la mudanza. Ya tiene a punto el equipo humano y el medio de transporte. Una recua de subalternos y su menda como capo mastro.

Es momento de contar y pasar revista. Tres moritos sietisientas de la aljama de Tetuán con su camioneta-fragoneta-patera anfibia y multiuso. Cochambre y mugre con reminiscencias bíblicas. Y, ay, evocación nostálgica –-sí, nostálgica– de una infancia aterida. Pájaro bobo da gracias a Dios, pero en el mismo instante casi se avergüenza de ser casi un hombre rico. Él, nieto, por vía materna, de un hortelano de la isla de Plasencia enemigo de los latifundios e hijo de un tonelero de la castellana Rueda que vivió y murió fiel a sus ideales sociales y socialistas. ¿Será que con el paso de los años se ha rendido y ha recobrado el juicio o, lo que es peor, el seny cuando se dispone a cubrir el último tramo de su vida?

Uno de los moritos habla español de Al-Andalus, otro inglés de Kenia, otro francés de Argelia; los demás miembros de la tropa, cristiano, cristiano rancio, meseteño. Enrique el de la katana ni abre la boca ni pestañea. Dice que sufre depresiones, y, ahora que pienso, el pobre tiene una mirada lánguida, muy lánguida. Además de hombre orquesta, es especialista en acciones de emergencia y, a pesar del sobrenombre que le endilgaron sus compañeros de fatigas, rehúye la violencia en todas sus formas. Falta el Lampi. (A los de su profesión aquí se los llama lampistas y allende el Ebro fontaneros.) Últimamente se le ve un poco descolgado, como a los del aluminato, que montan y desmontan ventanas o, en la lengua de Carod, finestres y finestretes. En cambio, está presente la señora María, oriunda de la Alpujarra granadina, que se ha ofrecido a colaborar. Y, claro está, Margarita; ambas, madres y amas de casa. Las mujeres nunca fallan. Están, pero no se las ve; no se las ve, pero están.

Ingo Weber pasó seis años en casa de Pájaro bobo cuando sus hijos Ana y Miguel estudiaban en el Colegio Alemán. Régimen de au-pair, estudio y trabajo, familia de clase media, cinturón industrial de la urbe catalana. El muchacho es listo, inteligente, activo, hiperactivo. Y aplicado. Tanto que aprende español, estudia dos carreras y aún le queda tiempo para cortejar a una buena y guapa moza de la comarca. Ahora Pájaro bobo tiene, como quien dice, tres hijos: dos españoles y uno alemán.

Hechos los cumplidos a la usanza centroeuropea, Ingo pregunta a su segundo padre por ciertos aspectos de la jugada, a la que él llama joint venture, y, sin esperar respuesta, comenta con ladina ironía: «Te lo haré con interés, no por interés». El aludido se percata al instante y, tras recordarle que siempre le ha remunerado generosamente, le explica que hay que trasladar los muebles, y por descontado los libros, de la casa vieja a unos pisos recién adquiridos; una mitad ha de ir al de Ana y Miguel; la otra, al de Blacky. «¿Blacky?» «Sí, al de Blacky; la criaturita viene a vivir con Margarita y conmigo». «Ya entiendo, pero ¿caben todos los libros en los dos pisos? ¿Cuántos hay en total?» «Imagino –-dice Pájaro bobo– que siete mil volúmenes; de ellos, unos cinco cientos son diccionarios. Pero además están los trescientos o trescientos cincuenta títulos traducidos en treinta y cinco años de actividad profesional… Los embutiremos en estanterías, armarios y cajones. Y los que sobren, si es que sobran…» «Eso mismo, ¿qué hacemos con los que sobren?» «Sencillamente, con ellos levantaremos un muro, uno o los que haga falta». «Ya entiendo. Tú lo que quieres es construirte un búnker. Para eso me has hecho venir de Alemania». «Búnker o muro de papel, mein lieber Sohn, de aquí no me mueven ni todos los bulldogs del Tripartito juntos».

Una semana después, exactamente a las diez de la mañana del 10 de enero de 2006, Blacky ladraba con fingida cara de perro desde su nuevo predio, una galería con barrotes de hierro y persianas de madera en una vivienda no exenta de encanto, y el eficiente teutón Ingo Weber posaba para la posteridad delante de su última construcción, un muro de papel y letra impresa que, con utópica ingenuidad, él considera indestructible, mientras que Pájaro bobo, siempre soñador, gritará una y otra vez en sueños: «En esta espelunca, a tres tiros de piedra de la Barceloneta, puerto del mar de la Sargantana, vive un proscrito al que los libros dieron alas para volar hasta la realidad virtual».

Desde el búnker de pladur

en el bunker

en el bunker

Blacky, el caniche con alma de criatura, tira de la manta. Pájaro bobo, apercibido, rezonga pero en seguida ahueca el ala. El interfecto, habida cuenta que sobrevive en condiciones de muerte civil, pone en marcha la industria. El primero en fichar es el poeta de la Granja. Ahí, en la pantalla, está la marca de su visita. Sólo hace falta mirar y leer entre líneas. Quien tiene un amigo poeta tiene un tesoro.

El Menesteroso, avanzando por la izquierda, asoma en la esquina con su figura de legionario venido a menos. Bolsas del Corte Inglés. Comidita para la colonia felina. Potaje calentito en escudilla de aluminio. El hombre, seco y estrecho como un suspiro, ni ríe ni parpadea. Tampoco mira a las criaturas. Pájaro bobo piensa en ciertos médicos, en ciertos curas, en ciertos padres. Como hijo de la guerra, él sabe que no hay nada comparable al calor de una madre en una noche de invierno. Ese calor, junto con la mirada, vivifica y alimenta.

Los gatitos se relamen y, entre zarpazos y dentelladas de mentirijillas, se retiran a sus aposentos, que son sus amagatalls, mientras el Menesteroso se aleja canturreando: “Cuando cumplí mi condena…” Diez de la mañana.

Una mujeruca —facciones abotargadas, gorro hincado hasta por debajo de las orejas, el cuerpo, a lo que parece, embutido en refajos— se asienta en el banco que hay frente a la colonia de gatitos. La mujer tiene a su izquierda un carrito de niño y a su derecha otro carrito de niño, los dos cargados con bolsas. Ella, la mujer de la cara abotargada, el gorro y los refajos, en medio con su bolso en la mano. A Pájaro bobo le asalta un recuerdo a modo de intriga. ¿Dónde ha visto él esa mujer, ya anciana, de rostro abotargado? ¿En el metro de Barcelona, en el metro de Madrid, en el metro de París? ¿En el metro infinito de Berlín con sus tribus suburbanas de alcohólicos anónimos? ¿O fue acaso en una espelunca de Basilea, a orillas del Rhin?

Pájaro bobo aparta la mirada y va a posarla en una pareja —rubia de pego ella, moreno de Cuba él— que ha instalado su mesa en el banco situado debajo del ojo de buey al que está asomado. Es la hora del àpat. Mantel gris oscuro, acaso de papel, platos de plástico, cucharas de plástico. Engullen, hablan, parecen tranquilos, incluso contentos, ya están en los postres, siguen hablando, él fuma, ella fuma, Pájaro bobo, a tres metros de altura sobre el nivel de la calle, atiende al teléfono.

El búnker de pladur con sus cuatro ojos de buey es a la vez mirador y atalaya. Pájaro bobo tiene a sus pies una calle con escenas de la vida social en vivo y en directo y, a cuatro tiros de piedra en dirección Este, el mar de la Sarganta, hoy ciénaga, ayer piélago de fenicios, griegos y romanos.

¿Qué hace en estas tierras y en estas aguas un ibero?